Vías de Comunicación

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Con la incorporación de la Delegación al núcleo de la ciudad de México y con el auge del automóvil se construyeron a través de su territorio las primeras vías rápidas: el Viaducto Miguel Alemán, Río Becerra, la calzada de Tlalpan y el Periférico cruzaron a la demarcación de norte a sur y de oriente a poniente.
La introducción del Viaducto Miguel Alemán, Río Becerra y el entubamiento de los ríos Mixcoac y Churubusco acabó con los últimos arroyos de esta demarcación; éstos se convirtieron en las interminables cintas de asfalto que atraviesan hoy nuestra capital.
Hay que recordar que durante la Colonia nuestra delegación se comunicaba con San Ángel y con lo que era Mixcoac (hoy Tacubaya) por el viejo camino que iba de Atlacuihuayan; esta vía corría por donde hoy pasa avenida Revolución. Otro de los tránsitos esenciales era el que unía al pueblo de La Piedad con la ciudad de México, construido a principios del siglo XVIII; por él se transportaba el ladrillo y el pulque destinados al consumo de la capital. De igual manera, el camino a San Agustín de las Cuevas (Tlalpan) fue una carretera fundamental que comunicaba a la ciudad de México con el interior de la República.
En un principio, ésta fue una calzada prehispánica que se unía a la de Ixtapalapa, pero después, debido a su importancia, fue empedrada hasta el trecho que cruza la actual delegación Benito Juárez. El transporte de los productos se hacía a lomo de mula, en burros, en carretas tiradas por bueyes y utilizando a los cargadores indígenas.
En la década de los cincuenta del siglo XX el crecimiento urbano se acentuó, y cada vez más los automóviles llenaron con su ruido las calles de nuestra delegación, al tiempo que se apagaban los pregones de los vendedores.
A los habitantes de esta parte de la ciudad sólo les tocó conocer al último guajolote; es decir, el postrer resabio de aquellos vendedores, que en diciembre, recorrían con pasos cansados las calles, arreando con su varita su parvada de conos con la esperanza de venderlos para los tradicionales guisos navideños.
Así fue como surgieron más de una docena de ejes viales, vías rápidas y enormes avenidas que se entrecruzan. La ampliación de otras líneas del Sistema de Transporte Colectivo también nos favoreció en estos años; enormes centros comerciales, supermercados y torres se levantaron sobre lo que hace cuatro siglos estuvo en parte cubierto por el agua y, en parte, albergó tranquilos poblados agrícolas. Se fue apagando el bullicio de las diligencias, carreteras y los innovadores tranvías tirados por mulas, también desaparecieron los mugidos de las vacas y los relinchidos de los caballos en los establos y potreros de la región. Sólo algún intrépido gallo quedó para rememorar los orígenes campiranos de esta zona, cuyos ruidos fueron sustituidos por el de las cornetas de los automóviles, de los autobuses y su atmósfera se fue llenando de los humos que lanzan al aire algunos de los modernos vehículos de transporte. Este es el precio de la modernidad, que se ha pagado por convertirnos en parte del corazón de nuestra ciudad.
Y en esta ciudad, entre semana vemos caras adultas y apuradas, y veloces pies recorriendo nuestra Delegación, camino del trabajo o la casa, en busca de las compras o del médico. El alegre vocerío de los niños llena el ambiente a la hora de la entrada y salida de las escuelas, y al oscurecer, todo se sumerge y desaparece para resurgir al otro día.